Percepción

Juan José Sanguineti
Università della Santa Croce

De DIA

La percepción puede ser estudiada desde la filosofía del conocimiento o desde la psicología y la neurociencia cognitiva. En esta voz se afronta el tema en una perspectiva primariamente filosófica, pero teniendo en cuenta la base científica. Ante todo se considera la distinción y relaciones entre las sensaciones y la percepción. Las primeras registran estados cualitativos o cuantitativos de las cosas externas o del cuerpo sentiente. La segunda, integrando esos aspectos, aprehende estructuras invariantes de cosas, eventos y transformaciones, en el marco de un escenario más o menos completo del ambiente del sujeto percipiente.

En las diversas secciones de esta voz consideramos las bases neurológicas de la percepción, la dinámica del acto perceptivo y la cuestión de los contenidos percibidos (objetos externos, afecciones interiores, los demás sujetos y la conciencia de estar siendo percibidos). Se explica hasta qué punto puede decirse que la percepción recae sobre aspectos ontológicos y antropológicos del mundo y del propio sujeto. Se aborda el tema de la percepción extra-sensorial y cuestiones anejas. En una de las secciones se presentan las diversas teorías psicológicas sobre la percepción. La última parte de la voz expone las diversas posiciones epistemológicas sobre el alcance del acto perceptivo, entre las cuales privilegiamos el realismo inmediato intencional.


1. Delimitaciones epistemológicas  

La percepción –término que etimológicamente (del latín, perceptio) significa captación– es una operación o acto cognitivo por el que captamos inmediatamente una realidad o un objeto, básicamente gracias a la estimulación sensorial, al menos por lo que se refiere a cosas corpóreas y sensibles. Así, decimos que percibimos un parque, un partido de fútbol, un grupo de amigos almorzando. En principio compartimos con los animales esta capacidad, sólo que el hombre, en lo que percibe sensorialmente advierte aspectos que el animal no puede alcanzar, y además el ser humano puede expresar con palabras lo que percibe, lo cual es fruto no sólo de una percepción, sino de un juicio intelectual. Un animal puede notar que estamos nerviosos, pero no lo sabe ni puede decirlo. El ser humano puede percibir el nerviosismo de otra persona, pero sabe qué es estar nervioso y por eso puede reflexionar sobre este estado anímico, para analizar sus posibles causas y consecuencias, cosa que hace contando con el lenguaje y la racionalidad.

En sus escritos sobre el hombre y el conocimiento –antropología o psicología filosófica, gnoseología–, los filósofos han planteado diversos interrogantes sobre la percepción, dándoles más o menos importancia en el cuadro del conocimiento humano. Uno de los aspectos filosóficos centrales es situarla en el contexto del conocimiento en general, es decir, con relación a actos o procesos como son las sensaciones, la memoria, el pensamiento y la justificación de los conocimientos verdaderos. Otro punto es indicar qué se puede conocer, o no, mediante la percepción. Los temas gnoseológicos se refieren a la interpretación del alcance cognitivo de la percepción, un punto en el que se ven involucradas las distintas posiciones gnoseológicas (realismo, idealismo, escepticismo, etc.).

Otro enfoque disciplinar que estudia la percepción es la psicología científica y la neurociencia. Estas dos aproximaciones hoy pueden considerarse convergentes. La psicología estudia en detalle los procesos estimuladores que, a través de diversos canales sensoriales, confluyen en la captación de un objeto visto, oído, tocado, etc., tanto externo como interno (una mesa, la propia mano, etc.). Se puede ir siguiendo la base neural que posibilita la puesta en acto del acto perceptivo y su posterior influjo en la memoria. Además pueden estudiarse las relaciones entre percepción –junto con las sensaciones–, emociones y conducta. Puede plantearse, asimismo, si el fenómeno perceptivo es siempre consciente o si puede ser también inconsciente.

Las perspectivas filosófica y científica sobre la percepción se entrelazan (para una visión histórica del problema filosófico de la percepción, ver Hamlyn 1961). No siempre pueden delimitarse entre sí con nitidez. La filosofía de la percepción se basa en experiencias psicológicas comunes o estudiadas por las ciencias, a las que busca dar una última interpretación. Pero las investigaciones neuropsicológicas pueden tener, por su parte, presupuestos filosóficos, o pueden entrar en discusiones, incluso técnicas, de las que no es ajena la filosofía.

En esta exposición, dado su carácter fundamental, seguiremos un planteamiento filosófico, aludiendo de modo más secundario a detalles conocidos en el campo de la psicología y la neurociencia. Comenzaremos presentando nuestro conocimiento ordinario, tal como se manifiesta en el lenguaje común, y a la vez lo analizaremos críticamente. Seguimos este método fenomenológico-crítico porque, en una primera fase, parece el más adecuado para la filosofía. Es decir, no partimos sin más de lo que dicen sobre estos temas las ciencias, ya que estas presuponen muchas experiencias y elaboraciones hechas previamente. Lo propio de la filosofía es, en cambio, no dar por supuesto cosas ya sabidas, sino analizar la realidad partiendo de nuestras experiencias primarias. Esto no significa que al hacer filosofía se ignoren los conocimientos científicos. Al contrario, atendemos a las experiencias primarias teniéndolo en cuenta, precisamente para comprender e interpretar más a fondo el enorme caudal de conocimientos científicos sobre la percepción de que hoy disponemos.


2. Sensaciones y percepciones  

La distinción sistemática entre sensaciones y percepciones procede de la filosofía y la psicología moderna. Los griegos usaban la palabra aísthesis indistintamente para lo que hoy llamamos sentir o percibir. Los clásicos latinos emplearon el verbo percipere para indicar la captación cognitiva inmediata de algo, mezclando este uso con el del verbo sentire. El término latino apprehensio a veces indicaba también lo que nombramos como percepción. En el lenguaje moderno, sentir y sus derivados, como “sentimiento”, fueron adquiriendo un matiz cada vez más subjetivo, mientras que percibir mantuvo una connotación objetiva. En alemán, por ejemplo, wahrnehmen (percibir) da idea de asumir algo como verdadero.

En el lenguaje ordinario, sensación connota un acto psíquico subjetivo consciente dotado de un contenido cualitativo específico, como las sensaciones de dolor, picor, frío, sed, cansancio, ruido, color, sabor, aroma, etc. Los objetos de las sensaciones –sentir algo– son cualidades más bien elementales que indican muchas veces alteraciones del sujeto que las siente, sean de su cuerpo o de su psiquismo, aunque algunas pueden referirse también a una cualidad externa corpórea que de todos modos altera el propio psiquismo: por ejemplo, sentir frío, aunque a la vez el frío se atribuye al ambiente; sentir un zumbido, que podría ser subjetivo u objetivo; sentir un dolor de muelas, que se refiere exclusivamente a una parte del cuerpo propio que se está captando de una determinada manera.

Aunque acabamos de definir la sensación como un acto atribuido al psiquismo, en realidad sucede más bien al revés: lo primero es notar que tenemos actos como ver, oír, tener hambre, tener dolor, en común con los animales, no atribuibles a las cosas inertes ni a las plantas. Esos actos son referibles a un sujeto que los siente (no existe un dolor aislado, sino alguien que tiene un dolor). Ese sujeto, aun siendo físico como todos los cuerpos, tiene algo más que las propiedades externas observables de los seres corpóreos, como sus dimensiones, formas, movimientos locales, etc. Ese “algo más” es como una interioridad que constituye a tal sujeto como sentiente: capaz de tener sensaciones. Al conjunto de esos actos, como son en primer lugar las sensaciones, lo llamamos psiquismo, o vida psíquica. Aunque la sensación pueda referirse a un estado del cuerpo, como la picazón que se siente en la piel, su característica es psíquica, es decir, no es un acto observable ni perceptible desde fuera, como es propio de los seres inertes, o incluso de las plantas, que tienen vida, pero no vida psíquica.

Se establece así una distinción neta entre los actos físicos propios de cualquier cuerpo y observables desde fuera, como moverse, ser luminosos, estar situados en un lugar o espacio, chocar, empujar, romperse, y los actos sensitivos, específicos de la vida animal. Estos actos los experimenta sólo el sujeto sentiente (no se captan “desde fuera”). Las sensaciones son físicas, pero en un sentido distinto que las propiedades físicas observables desde fuera, como la dureza o la redondez de una piedra. En la filosofía de la mente esos actos a veces se dicen “mentales”, pero parece más correcto llamarlos “psíquicos”, ya que la palabra mental suele connotar la mente o inteligencia. Suele decirse también que son actos en primera persona, mientras que las propiedades físicas observables desde fuera serían de tercera persona, ya que los primeros actos los nota sólo el sujeto que los tiene, mientras que los segundos los aprehende cualquiera que pueda observar las cosas corpóreas con sus sentidos externos. Sin embargo, esa denominación no implica que el sujeto sentiente sea necesariamente una persona, porque también los animales tienen sensaciones.

Arriba hemos dicho que algunas sensaciones pueden referirse a una cualidad o propiedad externa corpórea, como por ejemplo el color blanco de la nieve y cosas de este tipo. Se impone, así, distinguir entre las cualidades observables o sensibles, que caracterizan a todas las cosas corpóreas en tanto que son perceptibles por los sujetos sentientes –colores, sabores, aromas, sonidos, dureza, transparencia, peso, etc.–, y esas mismas cualidades en cuanto sentidas por el sujeto. Una cosa es, por ejemplo, la alta temperatura de una habitación, y otra la sensación de tener calor estando allí.

La propiedad corpórea puede ser así de un cuerpo cualquiera –tales propiedades nos sirven para describir a los cuerpos, y cuerpo es justamente lo caracterizado por tener tal tipo de propiedades– o bien puede ser una sensación de un sujeto que siente. En este último caso solemos indicar con un verbo cognitivo –ver, oír, oler, etc.– la operación por la que se aprehende la propiedad sensible u observable. Esta operación se dice inmanente en la filosofía aristotélica, en cuanto supone una posesión cognitiva de un objeto, cosa distinta de la operación transitiva que va en búsqueda de un resultado externo. Vemos, pues, cosas que tienen colores, oímos los sonidos del mar, etc., y esto supone a la vez que esas propiedades se dan también, en cuanto sentidas, en el sujeto sentiente (el color, el sonido, en tanto que objetos sentidos, o “sensaciones”). Este punto, quizá sorprendente, presenta cierta complejidad y genera la cuestión filosófica de la naturaleza de las sensaciones y de su valor cognoscitivo.

Consideremos ahora las percepciones, objeto de esta voz del diccionario. Es obvio que las percepciones, tal como las hemos definido arriba –recordemos los ejemplos puestos: ver un parque, observar a un grupo de amigos–, están constituidas por sensaciones. Por ahora nos referimos principalmente a las percepciones de cosas externas a nosotros, que son las más básicas y obvias. La diferencia entre percepción y sensación (Warnock 1974, 84-114) está en que la primera se refiere a un conjunto más o menos estructurado –una configuración o pattern– dotado de ciertas propiedades sensibles –registradas por sensaciones–, que así constituye lo que llamamos una cosa o un evento físico (evento: algo que “sucede”). Percibimos, así, una nube, una persona, un bosque, una tempestad, el vuelo de un pájaro. Obviamente lo que se percibe no es una mera suma o asociación de propiedades sensibles, sino una realidad estructurada que debe captarse como tal, aunque lo percibido pueda analizarse para detectar sus propiedades sensibles (sus colores, su dimensión, su situación espacial, sus partes, etc.).

En el lenguaje ordinario, percepción suele indicar un acto cognitivo que recae sobre una realidad externa al sujeto que percibe y que se estima independiente del percipiente: percibimos la nieve real, la lluvia real. En cambio, “sensación” suele tener un sentido más inmanente, es decir, indica un acto o estado psíquico como tal, propio del sujeto sentiente (“tengo frío”, “siento hambre”). No suele decirse “siento una casa”, sino que “la veo”, y este verla es percibirla. El acto de ver la casa indica a la vez el objeto real que se ve –la casa– y la operación subjetiva de ver. Cuando decimos “tengo una sensación”, en cambio, no pretendemos señalar que captamos algo externo a nosotros, sino más bien algo que nos sucede. Así, si vemos de modo borroso, sí decimos “tengo la sensación de ver borroso”.


3. Los sentidos externos  

En los ejemplos puestos anteriormente sobre sensaciones y percepciones se advierte que las sensaciones indicadoras de alguna propiedad corpórea –color, sabor, dimensión, etc.–, incluso de nuestro cuerpo –hambre, sed–, se producen cuando se activan ciertas partes especializadas del organismo, que llamamos órganos de los sentidos: vemos con los ojos, oímos con el oído, sentimos un pinchazo como cierta activación de la piel, y así siguiendo. Los sentidos básicos son externos porque informan sobre propiedades (cualidades y cantidades) de los cuerpos como tales, sin excluir el nuestro (ver la mano de otro, ver nuestra propia mano).

Tradicionalmente se distinguen una serie de sentidos externos, a saber: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Cada sentido se especializa en registrar un aspecto de los cuerpos, lo que se llama su objeto formal: la vista aprehende como tal lo luminoso (ondas electromagnéticas con una longitud de onda comprendida entre los 380 y los 780 nm), el oído las ondas sonoras, etc. Si decimos “veo un árbol”, estamos ya indicando la percepción, es decir, la captación de un todo estructurado que “vemos”, aunque materialmente, con los ojos, no se vean más que juegos de luces/sombras y colores. A veces las propiedades formales registradas por los sentidos externos se llaman “datos de los sentidos”.

Lo que físicamente recibe el receptor sensorial –por ejemplo las células retínicas con respecto a la vista–, no es, de todos modos, ni un objeto, ni una propiedad, sino un patrón de impulsos o de energía proveniente de una fuente. Así, para la vista son fotones –es decir, una onda electromagnética– registrados por fotorreceptores de la retina. La energía luminosa que impacta al órgano sensorial –a los receptores, que son células– se llama estímulo (más concretamente, se trata del “estímulo proximal”, que se remite a una fuente, por ejemplo el Sol, que suele llamarse el “estímulo distal”). El estímulo proximal supone la llegada de cierta información que será elaborada por el sistema nervioso, a lo largo de las vías nerviosas, hasta llegar a los centros encefálicos. Esa elaboración da lugar a la sensación como tal (por ej., la sensación de ver luces) y a la posterior percepción (ver nieve, agua, etc.).

La clasificación tradicional de los sentidos externos arriba señalada hoy puede completarse con las clasificaciones ofrecidas por la psicología y la neuropsicología (Lombo y Giménez Amaya 2013; Sanguineti 2014b, 288-300; Kandel 2000, 430-450). Según esto, hablamos de visión o sistema visual (sentido de la vista), audición (sentido del oído), sistema olfativo (sentido del olfato) y gustativo (sentido del gusto), y sistema somatosensorial, que comprende el sentido clásico del tacto, con receptores especiales para propiedades como la presión, dureza, textura, etc., de los cuerpos contactados, y su temperatura, y otros receptores para sensaciones del propio cuerpo, como el dolor, las sensaciones viscerales (viscerocepción) y de posiciones, tensiones y movimientos del cuerpo (propiocepción). Además, en el oído interno hay receptores que permiten aprehender los estados inerciales del propio cuerpo (frenazos, aceleraciones, equilibrio).


4. De la sensación a la percepción  

Acerquémonos ahora desde los datos más o menos elementales, ofrecidos por cada canal sensorial, a las percepciones, las cuales admiten muchos grados de riqueza informativa que se van superponiendo, porque lo objetivado es reobjetivado en un modo nuevo una y más veces. En un simple análisis psicológico o neurobiológico, hablamos de la recepción de datos cualitativos elementales (ondas, luces, etc.). Pero nuestra conciencia sensorial y perceptiva nada nos dice de las puras características físicas de los estímulos, ni suele notar cualidades elementales aisladas, sino que más bien nos presenta objetos y eventos ya constituidos, como ver a una persona que camina, un tren en movimiento, etc. Los elementos previos –estímulos, sensaciones– ya están integrados en la percepción. Esta última constituye el momento propiamente cognitivo.

En una primera fase, podríamos decir que la percepción nace ya en las primeras discriminaciones sensoriales, que al principio son básicas y luego se vuelven más complejas. Conocemos gracias a la neurofisiología que este fenómeno es progresivo a medida que madura el sistema nervioso. Una cosa es ver sin más luces y sombras, otra es integrarlas para que surja la captación de algunas formas geométricas –curvas, un ángulo, cuadrados–, y de ahí notar contornos que permiten distinguir unos objetos de otros. Otro paso será aprehender, en esas formas luminosas y definidas, la profundidad (visión tridimensional), otro registrar los movimientos de los objetos dentro de un conjunto de cosas vistas (Kandel 2000, 548-571), y otro distinguir entre los objetos definidos y un fondo más bien indeterminado en el que esos objetos se sitúan (fondo/figura). En este caso aparece la atención, que se centra selectivamente sobre un aspecto del complejo percibido (Baars 2007, 225-253). A esto se añade la discriminación de colores con los que aprehendemos visualmente las cosas, cosa que también ayuda a distinguirlas unas de otras (Vernon 1962).

En la aprehensión sensorial específica de cada sistema sensitivo –visual, auditivo, etc.–, se produce así una progresiva elaboración perceptual que va discriminando formas, cualidades, propiedades, relaciones, dentro del campo perceptivo abierto por cada sistema sensorial. Así por ejemplo, distinguimos los simples ruidos de los sonidos, y en estos últimos discriminamos entre su tono, intensidad y timbre, y por eso podemos percibir las notas musicales, para mencionar lo más básico de la percepción musical. En pasos sucesivos, los contenidos percibidos por un sistema sensitivo se pueden asociar establemente a los de otros sistemas sensitivos (percepción intermodal o intersensorial), como cuando unimos el gusto de un helado a su presentación visual.

Los filósofos clásicos, como Tomás de Aquino, señalaban que con los sentidos se captan cualidades sensibles propias de cada sentido y además comunes a varios, que son más bien aspectos dimensionales, como la forma, el tamaño, el número de objetos, el movimiento o quietud e incluso el tiempo (In I De sensu et sensato, lect. 2: ver Tomás de Aquino 1973). Al percibir que algo se mueve, por ejemplo, se empieza a notar también el tiempo. El oído es especialmente apto para la percepción básica del tiempo, por el carácter exclusivamente sucesivo del fluir, por ej., de una melodía o de unas palabras escuchadas. Las relaciones espaciales se empiezan a percibir con la vista y el tacto.

La percepción va unida muchas veces a la acción del sujeto que percibe, es decir, es sensorio-motora (Noë 2004, 2010; Gibson 1979; Rizzolatti 2008). En otras palabras, el sistema motor del sujeto interviene en la percepción. Los espacios táctiles se registran a medida que son explorados por la mano. Los movimientos se notan gracias también a los movimientos oculares que permiten seguir lo que se está moviendo (también a los giros de la cabeza).

Lo importante en lo que estamos exponiendo es la discriminación de aspectos cualitativos, cuantitativos, relativos y sucesivos en lo que se capta, lo que lleva a percibir cosas separadas por contornos que pueden estar a una distancia espacial unas de otras y que pueden moverse trasladándose o rotando, o bien modificando sus cualidades, como calentarse, enfriarse, enrojecer, etc. Esta discriminación se va haciendo progresivamente más rica. Ella supone una correcta asociación de los aspectos discriminados, que al final da lugar a la percepción de los grandes escenarios percibidos (un entorno geográfico, el bullicio de una ciudad, etc.).

La discriminación aludida tiene una base innata respecto a ciertas cualidades fundamentales para las que existen receptores específicos en los canales sensoriales estudiados por la neurofisiología. El organismo ya está preparado “a priori” para advertir ciertas cosas y no otras, como sostenía la antigua teoría de los objetos formales de los sentidos. Las sucesivas elaboraciones perceptivas que corren a cargo del cerebro –sistema nervioso central, con sus centros sensoriales específicos– son también naturales y por eso tienen una base genética. Así, la percepción de la tercera dimensión –la profundidad–, hecha posible gracias al procesamiento cerebral de las imágenes visuales binoculares, es un fenómeno natural y no cultural. La cultura añade detalles y aspectos a la base natural de la percepción. Por ejemplo, interpretar como tridimensional las figuras bidimensionales diseñadas en perspectiva es una habilidad cultural adquirida.

Con otro ejemplo relativo a la percepción cromática, un individuo normal de la especie humana discrimina con sus ojos, gracias a las células retínicas llamadas conos, ante todo una serie de colores fundamentales. Según la teoría de Young (Kandel 2000, 575) posteriormente perfeccionada, esos colores son el rojo, el verde y el azul. El resto de las discriminaciones cromáticas surge de una elaboración basada en la combinación de estos colores según las condiciones ambientales en que se sitúan los objetos visibles iluminados respecto de un observador. Algo semejante puede decirse de la captación de formas, sonidos, gustos, etc. Sobre tal base natural se llega a discriminaciones que surgen de la educación, la experiencia y la finura de la percepción, y que pueden más fácilmente consolidarse culturalmente si se traducen en el lenguaje, el cual establece categorías de cualidades. Las clasificaciones culturales de cualidades o propiedades pueden ayudar a percibir de un modo más consciente, pero también pueden no traducir del todo lo que se percibe biológicamente.


5. Neuropsicología de la percepción  

La percepción y su preparación sensorial se puede estudiar en su base neural (neurociencia cognitiva) (Ellis y Young 1996; Kandel 2000; Baars 2007; Sanguineti 2014b, 279-288, 300-320). El sistema nervioso está especialmente preparado para la recepción de información específica tomada del ambiente o del mismo organismo a partir de células receptoras nerviosas que “transducen” una determinada energía (luminosa, mecánica, química, térmica, eléctrica) en impulsos nerviosos de naturaleza electroquímica –potenciales de acción– que se van transmitiendo por vías sinápticas hasta llegar a centros encefálicos donde se completa la “interpretación” que hace el cerebro de los estímulos y que se manifiesta como un tipo de sensación elaborada y, por consiguiente, una forma de percepción.

Desde la primera recepción, que para las sensaciones externas corre a cargo de los sistemas sensoriales periféricos, se produce una selección y elaboración (codificación) de la información recibida. El procesamiento de la información que se va propagando por las vías nerviosas es una digitalización, es decir, se analiza una información para reducirla a unidades mensurables y ordenadas, amplificando lo que interesa y apartando el “ruido” o la información no relevante en función del objetivo de captar cierta señal específica (Boncinelli 1999, 87-94). La sensación y la percepción resultan, así, como un recorte –una cuasi-abstracción– de aspectos del ambiente o del organismo, que son como traducidos al “lenguaje” de la sensibilidad (Boncinelli 1999, 110-118).

La elaboración sensitiva va recorriendo diversas etapas a lo largo del encéfalo y culmina, en el caso de los sentidos periféricos –áreas visual, auditiva, somatosensorial, etc.–, en las regiones corticales primarias especializadas para cada sentido. En las sucesivas áreas de asociación –secundarias– se produce una integración de los resultados perceptivos propios de cada sistema sensorial. En un determinado nivel, tal integración hace que la sensación/percepción sea consciente (Baars 2007, 240-253).

La conexión de lo que se percibe con las zonas motoras y las relacionadas con las emociones (sistema límbico), con la memorización (hipocampo) y con el control superior de la cognición (funciones ejecutivas, planeamiento motor, asignados a la corteza prefrontal) permite que la percepción se integre convenientemente con las demás operaciones del sujeto sensitivo, de donde brota su conducta.

Esto permite una operación tan compleja como la que debe realizar, por ejemplo, el conductor de un vehículo. Según lo que va percibiendo variablemente (datos de entrada) y a la vez recuerda mientras va por la carretera, guiándose además por la captación de los espacios en que se está moviendo, ese sujeto tiene que ir reaccionando constantemente para guiar su vehículo, a la vez que mantiene distributivamente su atención, quizá dirigida también a oír música y a conversar con su acompañante. Si bien el procesamiento de los diversos sistemas neurales cognitivos ocurre en paralelo, la percepción temporal consciente se organiza de modo serial o sucesivo, con lo que se capta adecuadamente un complejo perceptivo pasado inmediato que da pie a una decisión motora presente tomada en función del futuro inmediato.

La base neural es el soporte material de los fenómenos cognitivos (psicosomáticos) de la sensibilidad. El elemento psíquico emerge de la causalidad material, a la que “formaliza”, haciendo así posible la cognición sensible. La inteligencia humana, en tanto está asociada al dinamismo neural del sistema nervioso, ilumina y guía tal cognición (Sanguineti 2007, 70-85).


6. Teorías de la percepción  

Existen diversas interpretaciones psicológicas sobre cómo se genera el acto perceptivo. Estimamos que todas ellas son aproximaciones parciales que pueden asumirse como complementarias. En cada una de ellas se presupone la dimensión neural del acto cognitivo. Las posiciones –algo simplificadas, pues pueden solaparse, según los diversos autores– podrían encuadrarse del siguiente modo:

a) Asociacionismo (W. Wundt, E. Titchener) (ver Fabro 1961, 63-138). Es una postura muy clásica ligada al empirismo, según la cual las percepciones serían el resultado de asociaciones estables entre sensaciones elementales, según ciertas leyes.

b) Gestaltismo (M. Wertheimer, W. Köhler, K. Koffka) (ver Fabro 1961, 139-212, 303-399). La teoría de la Gestalt (configuración), de inicios del siglo XX, sostiene que la percepción recae sobre un todo captado globalmente –por ejemplo, una melodía–, no como una simple combinación de sensaciones parciales. Por eso una misma figura, sin que cambie nada materialmente, puede ser leída, por ejemplo, como la cara de una mujer joven o anciana.

c) Conductismo (J. Watson, B. F. Skinner) (ver Skinner 1987). Esta postura, más bien reductiva, intenta explicar la percepción sólo como una respuesta conductual a ciertos estímulos ambientales que poco a poco suscitan en el sujeto, por aprendizaje, respuestas de alguna manera previsibles, en base a la alternancia de recompensas o castigos (estímulos agradables o desagradables).

d) Funcionalismo (W. James, A. Michotte, J. Piaget, L. Vygotskij, J. Bruner) (ver Bruner 1987). El aprendizaje perceptivo no es meramente cognitivo y confinado en el presente, sino que se basa en la experiencia, los intereses, las emociones, las expectativas, las motivaciones, las acciones futuras. Se basa en todo aquello que tiene un significado para el sujeto.

e) Constructivismo (G. Kelly, R. Gregory) (ver Gregory 2002). La percepción sería una elaboración que hace la mente de los datos de base, forjando hipótesis (esquemas, constructos) que permiten interpretar lo que se capta sensorialmente. Esas hipótesis se confrontan con la base empírica para verificar su validez. H. Von Helmholtz sostenía que la percepción sería como una inferencia inconsciente que hace la mente. Por ejemplo, al ver cierta presentación de suyo bidimensional, la mente “infiere” que hay una profundidad.

f) Cognitivismo (D. Broadbent, G. Miller, U. Neisser, N. Chomsky, J. Fodor, H. Gardner) (ver Neisser 1981; Viggiano 1995). La percepción se interpreta según el modelo computacional de procesamiento de la información. Un extremo de esta postura sería asimilar los procesos cerebrales perceptivos al procesamiento de una computadora, con el argumento de que una máquina informática puede obtener resultados “perceptivos” (por ej., visión artificial, generación o identificación informática de imágenes, etc.). A esta última tesis se puede objetar que la obtención de resultados externos de lo que hace la percepción (por ejemplo, traducir un texto) no significa que allí se esté produciendo un verdadero acto cognitivo. Sin embargo, los procesos sensitivos cerebrales pueden tener aspectos computacionales adecuados a un contexto neurobiológico. En este sentido se orienta la perspectiva matemática neurocomputacional de D. Marr (1982).

g) Teoría ecológica de J. J. Gibson. Para Gibson (1979) no es interesante estudiar la percepción como una elaboración cerebral o de representación. Lo central de la percepción es que se capta de inmediato un ambiente que ofrece directamente al sujeto una serie de informaciones de las cosas y del entorno geográfico (substancias, superficies, medios transparentes como el aire o el agua, animales, accidentes geográficos) en función de las necesidades y conveniencias del sujeto. La sensación o percepción es ecológica: se refiere intencionalmente al ámbito en que el sujeto se mueve y actúa.

h) Conexionismo (D. Hebb, J. McClelland, D. Rumelhart) (ver Garson 2015). Las percepciones se van aprendiendo en base a una auto-organización de redes neurales asociadas. Estas redes reciben entradas variadas que cada unidad asume y transmite en cierto grado, o bien rechaza, dando lugar así a respuestas específicas de salida, de modo que con el tiempo la red, configurada en cierto modo, contiene una información en flujo que permite resultados perceptivos. El conexionismo responde al modelo de funcionamiento en red de los circuitos neuronales.

i) Enactivismo (F. Varela, E. Thompson, E. Rosch, A. Noë) (ver Noë 2004, 2010). De modo algo semejante a Gibson, el enactivismo subraya que los procesos perceptivos no deben verse como algo que acontece en la mente o en el cerebro, sino con relación a un mundo externo en el que se actúa. Se percibe actuando en el mundo y contando con todo el cuerpo y no sólo el cerebro o la mente como algo aislado (teoría de la mente incorporada o embodied mind) (Varela et al. 1991).


7. La captación de tipos significativos  

Retomemos a continuación nuestro estudio de los diversos aspectos del proceso perceptivo. Las integraciones de los aspectos cualitativos, cuantitativos, cinéticos, relacionales, etc., de las cosas conducen al final a la percepción unitaria o global de tipos fijos de cosas y eventos, dentro de un escenario múltiple en el que las cosas se interrelacionan, se mueven, interactúan entre sí y con nosotros, y se percibe también que pueden hacerlo, merced a cierta aprehensión del futuro inmediato posible.

Así es como se perciben personas, tipos de comidas, animales, objetos celestes, la sucesión del día y la noche, los momentos favorables, los eventos meteorológicos, los artefactos, los tipos de edificios, clases de acciones, etc., y se aprende a relacionar datos sensitivos parciales con tales cosas o eventos (por ejemplo, cierto sonido puede indicar que un vaso se ha roto o se ha caído).

Se aprende a percibir tipos e individualidades, por ejemplo, a reconocer gatos o perros en general, o a reconocer a esta persona concreta y su relación con nosotros (nuestro padre, nuestro jefe, etc.). Además, al percibir una realidad substancial, como hombre, se perciben simultáneamente –de modo integrado– sus diferenciaciones: ver a alguien y reconocerle como varón o mujer, joven o anciano, etc.

Las percepciones relativas a objetos de los sistemas sensoriales específicos alcanzan también tipos. Así, distinguimos tipos de letras, orales o escritas, y luego palabras y frases, y tipos de colores, o tipos de sonidos (del mar, de una campana, o la voz de una persona, o una canción concreta). Integramos estos aspectos con cuadros más completos: las palabras se registran como mensajes que alguien nos comunica, la melodía se sitúa en un contexto (un festival, un coro). La percepción, además, permite discriminar acciones y no confundirlas con meros movimientos. Por ejemplo, percibimos que alguien come, bebe, habla, mira, corre, golpea a alguien, se moja cuando llueve, etc. La causalidad, por tanto, es objeto de la percepción (Michotte 1954).

Esto que decimos, siendo tan obvio, puede sorprender a los que reducen el conocimiento sensible a la observación sensorial como algo separado de la percepción, o porque erróneamente atribuyen a esta última una inferencia, aunque sea inconsciente, o un esquema conceptual impuesto. No hay por qué reducir la percepción de tipos a una aprehensión conceptual, aunque eso no significa que la percepción no pueda ser informada por un concepto, en el caso del conocimiento humano. Es claro, por ejemplo, que una relación causal o un rol social no se “ven”, pero sí se pueden percibir en lo que se ve u oye, sin que para esto tengamos que recurrir precipitadamente al pensamiento (Merleau-Ponty 1980). Los animales captan relaciones causales, de semejanza, etc., sin poder reflexionar sobre ellas ni poder tampoco abstraerlas de modo universal.

La captación perceptiva se realiza como por una suerte de abstracción en la que el sujeto percipiente advierte –incluso inconscientemente– una invariancia dentro de un flujo de sensaciones o percepciones. Así, aunque veamos a una persona sólo de un lado, o tan sólo oigamos su voz, o la veamos de vez en cuando, la reconocemos en su identidad. Es decir, desde un fragmento de percepción aprehendemos una totalidad.

El proceso de reconocimiento de los objetos percibidos es inherente a la misma percepción. Supone la memoria, pero no basta la sola memoria episódica, porque no se trata de recordar sólo una captación pasada, sino de identificar un “tipo” en medio de datos siempre variables (se habla entonces de memoria semántica).

Hay varias hipótesis psicológicas que intentan explicar cómo se produce la captación de tipos, que omitimos por motivos de brevedad (Viggiano 1995, 19-25; Eysenck 1990, cap. 2). En todas ellas se admite, en general, que el percipiente almacena en su memoria un esquema perceptivo, no representable en concreto en todos sus detalles, un esquema que actúa a la manera de un patrón de reconocimiento. De esta manera, cada vez que uno ve un objeto concreto, o una parte suya, el esquema se reactúa y permite identificar lo que se ve, se oye, se toca, etc., con el objeto-tipo. En inglés suele decirse que un type (tipo) permite identificar un token (caso concreto). Así es como identificamos las letras A, B, C, etc., aunque las veamos grandes o pequeñas, torcidas, escritas en cursiva, etc. Si el objeto presentado no encaja con un esquema, o aparece como ambiguo, el sujeto no llega a reconocerlo, o quizá puede caer en el error.

Este proceso perceptivo es propio también de los animales, que notoriamente discriminan entre tipos de cosas, sin que por eso alcancen una comprensión universal y esencial de lo que perciben. Además, el reconocimiento de objetos, aunque sea algo natural, es aprendido y no innato: requiere cierta experiencia. Los animales aprenden a percibir y a reconocer con relación a lo que tiene un significado concreto para sus tendencias instintivas o su conducta guiada por ellas. Los filósofos clásicos asignaban esta función psicológica a la estimativa (Juanola 2015). Así es como un animal reconoce a su cría, a su dueño, a su posible presa, al alimento, intuye el lugar donde puede estar tranquilo, el sitio o evento que se presenta como potencialmente peligroso, etc. De un modo análogo, los animales pueden aprender a reconocer significados en ciertas señales, por ejemplo, ruidos, cantos, expresiones lingüísticas humanas, etc., lo que es la base de los lenguajes animales.

El hombre normalmente percibe las cosas, acciones, eventos, fundiendo su pensamiento –conceptos– con el esquema perceptivo, lo que en la filosofía de Tomás de Aquino pertenece a la facultad llamada cogitativa (De Haan 2014; Sanguineti 2014a). De este modo nuestra percepción es un acto no sólo sensitivo, sino al mismo tiempo intelectual (sensointelectivo).

Nuestras percepciones normalmente (no en niños pequeños) están informadas por contenidos conceptuales, aunque el elemento perceptivo, con su propio esquema, mantiene su autonomía (Raftopoulos 2009). Reducir la percepción a experiencia subjetiva, que sería intencional sólo cuando es conceptual, crea pseudo-problemas epistemológicos. Así, vemos un edificio y sabemos, por ejemplo, que es una escuela, o vemos con los ojos un libro y sabemos conceptualmente que es un libro, y además quizá de matemáticas, o un manual, o una copia del Quijote –aprehendiendo también el tipo “Quijote” como una novela, del que el libro físico es una copia concreta–, y así en tantos casos.

El esquema perceptivo adquirido y el saber habitual a él asociado –por ejemplo, el concepto de ser humano y el esquema perceptivo de hombre– corresponden a lo que la filosofía clásica llamaba especie cognitiva (sensitiva e intelectiva) (Sanguineti 2011). Tal especie, a la manera de un hábito cognitivo memorizado, no es consciente, pero permite el paso a operaciones cognitivas conscientes.

Nos cuesta distinguir entre la percepción humana y la animal porque utilizamos verbos cognitivos comunes, pero con un sentido analógico. Vemos a una persona, cosa que también puede hacer un perro. Aunque materialmente veamos lo mismo –los mismos colores, el mismo tamaño–, la lectura de lo que se ve no es la misma en el hombre y en el perro. Nosotros reconocemos a una persona humana sabiendo lo que eso significa, mientras que el animal reconoce a un individuo de nuestra especie con un significado relacionado con su vida instintiva, sin saber qué es ser un individuo, una especie, etc. No sería adecuado decir que un perro sólo ve colores y formas. Pero no disponemos de un verbo cognitivo especial para expresar lo que el animal percibe al recibir una presentación sensorial. No sería tampoco correcto, sino antropomorfismo, atribuir a algunos animales conceptos o creencias, aunque estos “sepan”, pongamos por caso, que tienen delante a su dueño. Nuestra percepción, en cambio, implica un saber –inmediato–, cosa que se nota cuando emitimos el juicio intelectual “veo a esta persona”.


8. Dinámica del acto perceptivo  

El acto perceptivo debe entenderse en el cuadro de un dinamismo psíquico complejo (Dember 1969; Eysenck y Keane 1990). Tal acto surge a partir de una serie de condiciones previas que lo posibilitan e incluso lo causan parcialmente. Algunas de esas condiciones son objetivas o ambientales –buena visibilidad, presentación adecuada, ausencia de interferencias, etc.–, y otras son subjetivas. Entre estas últimas, algunas son neurales –buen funcionamiento de los órganos de los sentidos, estado óptimo del cerebro– y otras son psicológicas (aunque tengan una base neural): atención debida, experiencias previas, memoria, intereses.

Como tal, la captación perceptiva es un acto originario y emergente, que no puede “explicarse” suficientemente con la indicación de sus causas parciales. El hecho de ver unas manchas dispuestas en cierto modo y reconocer en ellas la configuración A, para poner un ejemplo sencillo, tiene algo de inexplicable. No es posible reducir la percepción a “otra cosa” (a un razonamiento, a una suma de sensaciones, etc.). La experimentamos como un fenómeno emergente simple y complejo a la vez. Por otra parte, lo mismo puede decirse de muchos actos originarios como sentir, entender, querer. Sí podemos explicarlos en el sentido de describir sus aspectos, identificar sus condiciones y relacionarlos con otras cosas.

Se ha de distinguir entre las percepciones normales en todos los adultos y ordinariamente no problemáticas, como ver una silla, una mesa, etc., de otras que requieren una habilidad especial y aprendizaje y que por eso pueden ser laboriosas y a veces inciertas. Cuando la presentación sensorial no es del todo suficiente, la percepción puede ser una interpretación, una intuición, una corazonada, una hipótesis, y en estos casos puede ser necesario pasar a recursos racionales. Así, la visión de puntos luminosos en el cielo no manifiesta sin más la naturaleza de lo que se está viendo (para saberlo es necesario acudir a las mediaciones racionales científicas). Con otro ejemplo: al hablar con una persona, escuchando su voz, sus palabras, podemos intentar leer su estado de ánimo (si está nerviosa, irritada, cansada, ansiosa) o sus actos cognitivos (si nos está diciendo la verdad, si nos ha entendido, si le interesa lo que decimos y nos sigue, etc.). Muchas veces la percepción entendida como interpretación requiere una especial hermenéutica de los signos, así como un experto percibe en seguida, al leer una radiografía, una lesión o una enfermedad.

La percepción ha de entenderse de ordinario en relación con la percepción de los demás, pues no sólo sabemos que percibimos, sino que además sabemos que los demás perciben (Baars 2007, 391-410). Las percepciones comunes nos unifican a todos. Hay un escenario perceptivo habitual –esta ciudad, esta carretera– captable por todos, y lo sabemos. La percepción de las cosas físicas, suele decirse, es “pública”, pues está al alcance de todos.

Además percibimos que los demás nos perciben cuando estamos en su presencia, especialmente si nos están mirando o si hablamos con ellos. Este fenómeno inter-perceptivo es la base de la comunicación. En este sentido, nos presentamos a los demás con nuestro atuendo, gestos, palabras, etc., como enviando un mensaje de cómo deseamos ser percibidos y pretendiendo que los otros noten ciertas cosas –por ejemplo, que les estamos hablando, lo que les decimos–, sabiendo que ese mensaje llegará y será interpretado de un cierto modo y que de ahí podrá surgir una respuesta (podrá suscitar aprecio, interés, compasión, ánimo, ciertos deseos, etc.).

En su dinamismo concreto, la percepción es modulada por la experiencia previa y memorizada, por lo que ya sabemos, por nuestras expectativas e intereses, por nuestras tendencias y emociones o sentimientos. Se habla en este sentido de una percepción “de arriba a abajo” (downward), diversa de la que ocurre “de abajo hacia arriba” (upward), es decir, a partir de nuevos datos.

La percepción es selectiva porque en medio de muchas cosas que se van presentando como un todo complejo, el sujeto captura centralmente ciertos aspectos que le llaman más la atención, para los cuales está más sensibilizado. Por eso no es lo mismo ver que observar o mirar, oír simplemente o escuchar (Warnock 1974, 50-114). El fondo perceptivo se nota de modo concomitante al foco de la atención. Lo monótono, lo que no tiene un significado para el sujeto, lo que cae fuera de sus intereses, lo que no es valorado, puede pasar desapercibido aunque se presente, y si se nota en algún momento, de modo colateral, de todos modos no será recordado.

Así por ejemplo, si alguien tiene deseos de aprender un idioma, escuchará con atención las palabras de la gente que habla ese idioma. Algo semejante ocurre cuando alguien sabe que está en presencia de un experto. Por eso, al oír de modo secundario una conversación lejana, uno suele percibir más fácilmente si lo nombran, porque estamos más predispuestos a advertir lo que se refiere a nosotros. Pero eso se aplica de un modo parecido a todo lo que amamos.

La selección perceptiva nos lleva a distinguir entre el percibir-qué y el percibir-cómo. Aunque percibamos a una persona, es muy distinto verla como autoridad, como sabia, como amable, como de otra raza, como extraño, como hermano, etc.

El amor, la necesidad, la estima, lo que ya sabemos y por eso esperamos, modulan la selectividad del acto perceptivo. Por eso las emociones tienen un alcance cognitivo (Nussbaum 2001). Lo que se presenta ligado a cierta emoción se nota más y así se aprende mejor. A la vez, una emoción puede hacer que percibamos las cosas de un determinado modo: si alguien nos es simpático, advertimos mejor sus lados positivos. Pero sucede también al revés, pues si se nos presenta a alguien en su lado negativo, quizá lo despreciaremos, y eso hará que en lo sucesivo le percibamos selectivamente en sus aspectos antipáticos, o interpretando ciertos signos, quizá erróneamente, en la línea de lo malo.

Arriba hemos dicho que los animales aprehenden las cosas de su entorno en función de sus necesidades vitales. Nosotros lo hacemos así también, pero además, gracias a nuestra inteligencia, somos capaces de deleitarnos en la misma percepción de algo a causa de su belleza, orden y armonía. Se produce así la percepción estética, de lo bello, que es aquello que, visto, gusta contemplarse (O’Reilly 2007; Tomás de Aquino, Suma teológica, I, q. 5, a. 4, ad 1: ver Tomás de Aquino 1988). El hombre no se guía para conocer las cosas sólo por sus necesidades prácticas, sino también por un interés especulativo –“sana curiosidad” de considerar las cosas como son– que puede fomentarse o bien dejarse de lado, aunque esto último es empobrecedor.

Lo visto sobre el dinamismo de los actos perceptivos tiene consecuencias en la educación, en la comunicación –retórica, científica, familiar– o en la publicidad. Cuando presentamos a la gente un mensaje cognitivo, para que éste sea recibido y sea correctamente interpretado, sean imágenes o palabras, hay que adecuarse a la sensibilidad de los receptores, o bien hay que educar tal sensibilidad. El mensaje debe ser claro, estimulante, atractivo, bello y sugestivo, y según los casos debe tener cierta componente afectiva o emocional, para así capturar la atención del oyente o del lector. Cuando el arte de comunicar –suscitar percepciones en los demás– se utiliza para engañar o llevar a conductas inmorales al promover emociones negativas, se produce una manipulación deshonesta de la capacidad perceptiva de las personas.


9. ¿Qué cosas percibimos?  

Hay que distinguir entre la mediación de los procesos psicológicos y neurales que dan lugar a las operaciones perceptivas y la inmediatez con que se presentan los objetos percibidos. El conocimiento de la génesis de la percepción es una explicación de sus causas parciales (estímulos, procesamiento, conexiones, etc.). Pero es importante no perder de vista lo que se percibe objetivamente y describirlo como tal, en su carácter propio e irreductible (Siegel 2016). En este sentido nos hemos referido especialmente a la aprehensión de las cosas materiales, que en conjunto forman el escenario del mundo físico o entorno en el que vivimos y actuamos.

Ya dijimos que no nos limitamos a percibir sólo propiedades formales de las cosas, sino sus significados y relaciones, e incluso sus potencialidades, sin necesidad todavía de que pasemos a las inferencias y sin confundir la percepción con el pensamiento abstracto (Fabro 1977). De alguna manera advertimos incluso las privaciones o ausencias, pues si una palabra se dice, pongamos por caso, por la mitad, lo notamos; con otro ejemplo: los sonidos se perciben con sus pausas. Hemos señalado también que vemos las cosas categorializadas en tipos, y que de algún modo percibimos las relaciones causales, como algo distinto del movimiento, y aspectos ontológicos como la unidad, la división o la multiplicidad de las cosas.

La comprensión inteligente de las cosas concretas es posible porque nuestra sensibilidad está penetrada por nuestra inteligencia (Fabro 1977; Sanguineti 2014a). Por el mismo motivo, podemos percibir las cosas como símbolos, concretamente al escuchar o leer las palabras, o al saber que ese libro que vemos es una novela. Los animales pueden captar señales por asociación, pero no propiamente símbolos como expresión de contenidos que sólo pueden entenderse. Además, al ver ciertas cosas, podemos reconocer que son una encarnación o realización material de realidades institucionales, como cuando vemos un edificio y lo reconocemos como una universidad, un taller o una oficina.

Cada uno de los sentidos externos nos da acceso a realidades ontológicas y antropológicas (Le Breton 2006; Jonas 1966, 135-156). El tacto, en cuanto está animado por la inteligencia, nos pone en contacto inmediato con lo existencial externo y con poderes causales. Sabemos que estamos ante una persona real y no ante una imagen virtual porque la podemos tocar e interactuar físicamente con ella (como es obvio, en esta captación intervienen también los otros sentidos, pero el tacto asegura el realismo de la percepción). El oído nos permite alcanzar el mundo lingüístico y las objetividades musicales, que como tales no existen en el mundo externo, pues son objetos de operaciones mentales imaginativas (imágenes acústicas con significado en su sucesión y armonía). La belleza de las cosas se percibe especialmente con la vista, el oído, el olfato. La percepción estética es inaccesible a los animales, si bien estos pueden percibir lo atractivo sexual o nutritivo, dotado de propiedades a veces análogas a la belleza física relativa a las inclinaciones sensibles.

Aprehendemos también nuestras propias afecciones y operaciones psicológicas, como que nos emocionamos, imaginamos, recordamos, pensamos, etc. No entramos aquí en el detalle de la auto-percepción de la dimensión psíquica y espiritual de la persona, un tema de suyo amplísimo. Basta señalar que la conciencia es un caso de la percepción, en cuanto relacionada con el propio sujeto que se nota a sí mismo (Baars 1988). Así como la percepción de nuestras afecciones y actos corpóreos confluye, en definitiva, en la aprehensión unitaria del cuerpo como propio, igualmente la percepción de los actos y estados psíquicos y espirituales converge en la auto-percepción de nuestro yo, o persona autoconsciente (Sanguineti 2013).

Los dos aspectos, es decir, percibir nuestro cuerpo como nuestro y advertir nuestro yo, están íntimamente relacionados, aunque la advertencia de que somos –y lo que somos: identidad personal– trasciende la aprehensión del cuerpo propio. La explicación sistemática de estos aspectos, que toda persona nota naturalmente, pertenece a la filosofía y a la psicología. Pero estas disciplinas se basan en las experiencias fenomenológicas que aquí mencionamos.

En el cuadro de la percepción externa, un campo especial es el de la aprehensión de las demás personas (Fuchs 2013; Spezio 2006 y 2015), es decir, de individuos vivientes dotados de psiquismo. El empirismo y el racionalismo fueron muy deficientes en explicar este punto, sugiriendo que sólo veríamos el cuerpo de los demás y su conducta externa, y que el acceso a la interioridad ajena sería problemático y, a lo más, hipotético. Este tema hoy es estudiado por la psicología y la neurociencia cognitiva con las teorías del mind-reading y de la llamaba “teoría de la mente” (Sempio et al. 2005), es decir, la capacidad del sujeto, incluso entre los animales, de darse cuenta de los estados anímicos y cognitivos de otros sujetos, especialmente en el trato y la convivencia. El descubrimiento de las neuronas espejo ha confirmado este punto (Rizzolatti y Sinigaglia 2008), pues ha evidenciado la existencia de una capacidad de advertir de modo senso-motor, no meramente visual, los actos significativos de otros sujetos, cosa que está en la base de la empatía y de los procesos de imitación de la conducta ajena desde la infancia, lo cual es un fenómeno central en el aprendizaje.

Ciertamente no es lo mismo la aprehensión de nuestros estados anímicos y la de los demás. No podemos sentir el dolor ajeno como sentimos el nuestro. Sin embargo, notamos de inmediato, según condiciones concretas y a través de su manifestación corpórea –natural o simbólica–, que otra persona sufre, tiene miedo, nos entiende, es un yo (un “tú”) y no un objeto inerte. Esta captación es natural e inmediata y comienza en la infancia, al igual que la auto-percepción. Sólo cuando falta experiencia, o para penetrar más a fondo en la vida interior de una persona, hace falta la mediación de la reflexión racional. A lo dicho se ha de añadir el fenómeno de la reciprocidad perceptiva entre los sujetos: percibir que el otro nos percibe para interactuar, como sucede en la mirada recíproca o en una conversación normal (Tapia 2014).

La percepción de símbolos y expresiones es muy importante en el campo del conocimiento cultural, social e interpersonal. La conducta de las personas y sus obras, también en las objetivaciones culturales –obras de arte, escritos, discursos– manifiesta su interioridad, que de otra manera quedaría oculta. Sin necesidad de acudir a la telepatía, cuando alguien nos habla estamos “leyendo” su pensamiento.

El conocimiento simbólico tiene una especial relevancia en la fe religiosa. Esta se basa, como presupuesto de base, en la percepción del mundo de la naturaleza como una expresión de la bondad y sabiduría de Dios. El punto asume un cariz especial cuando Dios habla a los hombres a través de signos y profetas. En el caso del Cristianismo, tal conocimiento se basa en la experiencia inmediata con Cristo que tuvieron los apóstoles. San Juan Evangelista señala que su testimonio se apoya en la percepción de “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos, acerca de la Palabra de la vida, porque la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio” (1 Juan, 1, 1) (Biblia de Jerusalén 1985).

Por último, nos referiremos a la llamada percepción extra-sensorial, según la cual sería posible notar a distancia cosas o eventos ocultos, incluso pensamientos ajenos, sin la mediación de una comunicación física a través de ondas y sin utilizar las vías normales de los sentidos externos. Esta temática pertenece a los fenómenos llamados parapsicológicos, que se salen de la experiencia común, pues son en todo casos extraordinarios y no repetibles por los habituales experimentos científicos (Ezeanyino 1997). Suelen atribuirse a personas con poderes sensitivos extraordinarios, llamados rabdomantes o zahoríes. El fenómeno se denomina a veces radioestesia (sensibilidad para radiaciones, flujos energéticos). Personas con estos poderes, utilizando a veces ciertos instrumentos (como varillas o péndulos), serían capaces de detectar corrientes subterráneas de agua, objetos ocultos, personas secuestradas en sitios ignotos, o diagnosticar enfermedades.

Esta temática está abierta a ulteriores estudios y comprobaciones. Como todo lo que se conoce poco, está sujeta a engaños y manipulaciones. Desde antiguo se ha mezclado con la hechicería, la superstición o con fraudes. Sin embargo, cabe la posibilidad de que algunos sujetos tengan una sensibilidad especial para captar fenómenos físicos o psicosomáticos que no están al alcance de los sentidos que conocemos, así como hoy sabemos que los perros, por su extraordinario olfato, pueden detectar enfermedades, cambios climáticos o terremotos inminentes e incluso algunas situaciones anímicas de las personas.

Un especial fenómeno parapsicológico abierto a la discusión y al estudio son las experiencias “sobrenaturales” de separación de alma y cuerpo (Alexander 2013), visión de un más allá, etc., por ejemplo en determinadas situaciones cercanas a la muerte. En este artículo no nos es posible entrar en más detalles en un tema muy amplio, que está lleno de interrogantes. Dados los actuales conocimientos científicos comúnmente aceptados, en general no consta la autenticidad de estos casos, aunque no por eso hay que excluir de modo absoluto su posibilidad.

Sea como sea, las percepciones extraordinarias deben separarse de los eventos milagrosos o estrictamente sobrenaturales, como son las visiones místicas, las apariciones de santos, las profecías y los milagros en general (Marcozzi 1990). Se trata de comunicaciones o acciones obradas por Dios en el ámbito de la fe religiosa que deben discernirse con criterios de evaluación objetivos y contextuales, cuya posibilidad y sentido son estudiados por la ciencia teológica, como hace la Iglesia Católica para valorar, por ejemplo, la autenticidad de los milagros en las causas de los santos.


10. Maduración perceptiva  

La percepción es un fenómeno biológico-cognitivo que va madurando con el tiempo (Fabro 1961, 1977). Se aprende a percibir bien, a discernir aspectos, a reconocer los objetos. En una primera fase este proceso es espontáneo y más directamente neurofisiológico. Más adelante exige un esfuerzo por parte del sujeto para acostumbrarse a aprehender ambientes, instrumentos de trabajo, entornos complejos, sin confusiones y con precisión, con la debida atención y en lo que interesa, cosa en la que entran en juego hábitos y virtudes. En el aprendizaje perceptivo, por ejemplo de sonidos lingüísticos, de colores, de magnitudes, de notas musicales, al principio se va con lentitud, pero más adelante el experto va reconociendo objetos y procesos de modo ágil y veloz, sin esfuerzo y con pocos errores, y cuando es el caso con la adecuada verbalización.

Las personas que sufren dependencias, por ejemplo de tipo pornográfico, sólo perciben bien y rápido lo que corresponde a su debilidad apetitiva, con lo que no pueden aprender a percibir bien las cosas importantes. Lo mismo sucede cuando un sujeto está bombardeado por estímulos variados que no tiene tiempo para asimilar, interiorizar y madurar con la experiencia. Su percepción será, entonces, superficial, y eso supondrá poca madurez emocional y personal. La educación de la afectividad y de la inteligencia –por ejemplo, para aprender a reconocer mejor lo evidente– se relaciona de un modo muy importante con la educación de la percepción.

Estos puntos tienen que ver también con la epistemología. Muchos problemas clásicos gnoseológicos, por ejemplo el conocido tema de los errores de los sentidos, que ha motivado posiciones escépticas, platónicas, racionalistas, etc., se solucionan si advertimos que es normal que un sujeto, al percibir, al principio confunda cosas que más tarde, con el aprendizaje perceptivo, podrá corregir.

Un niño puede confundir la imagen de un espejo con algo real, pero luego logrará discernirlos, porque aprenderá que las imágenes de las cosas se reflejan en los espejos. Así es como aprendemos que las cosas que se ven lejanas no son más pequeñas, pues se ven en perspectiva, o que nuestras imaginaciones y sueños son distintos de la realidad, o que hay movimientos reales y otros aparentes, o que hay presentaciones sensoriales falsas que dependen de una anomalía perceptiva personal o de una situación ambiental especial, como la visión de un espejismo en el desierto, o que a veces podemos ser engañados, por ejemplo, al no reconocer dinero falsificado.

Cualquier persona madura sabe que puede equivocarse al percibir las cosas y discierne razonablemente entre los elementos objetivos y subjetivos de sus percepciones (por ejemplo, que el tiempo cronológico es riguroso, pero que la sensación subjetiva del tiempo puede ser lenta o veloz). Todos saben perfectamente que el cambio de perspectiva o de instrumento de observación hace aparecer a las cosas de modo diverso (por ejemplo, ver una ciudad desde un avión, o viviendo en ella). Todo el mundo aprende que las imágenes que se ven en una pantalla de TV o de un ordenador no son reales, y discierne entre una transmisión televisiva en directo o diferida, aunque en este caso lo hace por fe en otras personas o por algún motivo racional, ya que lo que se ve en una pantalla no permite discernir de suyo el tiempo de la escena transmitida.

Algunos defectos perceptivos son superables sólo con ayuda de la ciencia. La humanidad creyó por mucho tiempo que la tierra estaba inmóvil y que los astros giraban alrededor de ella, pues ésta es la primera sugerencia que ofrece la presentación inicial del cielo astronómico. Sólo con la ciencia se podía superar este error perceptivo. Análogamente, cuando vemos objetos astronómicos distantes, sabemos por la ciencia que lo visto ha acontecido tiempo atrás, a causa de la velocidad finita de la luz. No cabe, con la excusa de este tipo de errores, poner en crisis total la confiabilidad de los datos empíricos. Sería ingenuo pensar que quizá un día con la ciencia descubriremos que las personas que vemos son otra cosa, aunque siempre subsiste, en teoría, la posibilidad de que en ciertas circunstancias confundamos una persona con un robot humanoide muy perfecto.


11. Percepción, existencia, evidencia  

Estimamos que las cosas que vemos, tocamos, etc., con nuestros sentidos, y la advertencia de nuestros actos y afecciones, constituyen cogniciones seguras y existenciales, y que son la base de nuestros restantes conocimientos (inferenciales). Esto demuestra que la percepción, en cuanto conocimiento inmediato –es decir, sin otra mediación objetiva, aunque sí mediado por procesos neuropsicológicos–, es el vínculo primario y seguro de nuestro contacto cognitivo con la realidad (Lyons 2009). El conocimiento intelectual tiene la garantía de llegar de inmediato a lo existente sólo si conecta con alguna percepción externa o relativa a nuestra propia existencia. Si estamos en el mundo y lo sabemos es gracias a la percepción senso-intelectual. El primer estado cognitivo no es la autoconciencia, ni los datos sensibles aislados, y ni siquiera una presencia anónima en el mundo, sino la percepción unitaria, compleja e inteligente de que estamos en el mundo (yo y el mundo, con las demás personas, como co-presentes en los actos cognitivos).

El realismo existencial inmediato se basa, así, en la percepción sensitivo/intelectual. Esta es también nuestra primera experiencia de la verdad y la evidencia. La percepción del mundo y de nosotros mismos se muestra como verdadera, es decir, acorde con la realidad. Ese mostrarse inmediato es la primera forma de evidencia, la cual es como la visibilidad intrínseca de lo real ante una potencia cognitiva. La evidencia genera en el cognoscente la persuasión de que está conociendo la verdad y, si es una evidencia perceptiva, de que conoce cosas existentes. De esa persuasión, que algunos filósofos llaman creencia –no en el sentido de fe en lo no evidente, sino entendida como convicción–, nacen los juicios a los que damos un asentimiento pleno y confiado de que son verdaderos (por ejemplo, “sé que ahora está lloviendo”) (Brewer 1999, 2011).

La persuasión existencial se refuerza cuando aprendemos a discernir entre nuestras imaginaciones y nuestros actos perceptivos. La imaginación presenta objetos inmanentes desconectados de la percepción existencial, lo que se nota porque, cuando imaginamos algo, el sentido externo correspondiente a lo que uno imagina no está activado. El objeto imaginado suele llamarse representación, aunque este término puede tener significados más amplios.

La imaginación es un soporte necesario para la percepción, porque nos permite anticipar lo que puede suceder y recordar lo sucedido, permitiendo así que no estemos confinados en el puro presente. Además, cuando es creativa, permite construir escenarios y objetos posibles o puramente ideales, con fines recreativos, heurísticos, artísticos, etc. Unida a la inteligencia, la imaginación contribuye a que tengamos conciencia de la importancia de discernir entre lo real y lo irreal. Este discernimiento está siempre implícito en cualquier cognición humana. Entre otras cosas, nos pone alertas ante la posibilidad del error –estimar que es lo que no es–, y así nos permite estar predispuestos para corregirnos.

No toda percepción garantiza su verdad, porque existen pseudo-percepciones (ilusiones, alucinaciones) y percepciones problemáticas por posibles defectos perceptivos tanto objetivos como subjetivos. Cuando advertimos que una percepción no es segura, podemos recurrir a otros medios cognitivos para someterla a prueba, confirmarla o rechazarla, por ejemplo, los testimonios ajenos, las repeticiones, el análisis de sus consecuencias, una percepción o contextualización más completa, así como, si no percibimos bien algo que vemos a distancia, nos acercamos más al objeto y apartamos posibles obstáculos.

La falibilidad de las percepciones no debe llevar a la pretensión de garantizar la veracidad de toda percepción con medios demostrativos, que siempre se basarían en ulteriores percepciones, generando un proceso al infinito o un círculo vicioso. La convicción de que nuestra advertencia perceptiva de estar en el mundo real con nuestra propia identidad es verdadera –no problemática, ni sólo fenoménica, ni virtual o ideal– es un primer principio de nuestro conocimiento. Las dudas y errores surgen sólo en el contexto de esta convicción primaria.

Los puntos que acabamos de exponer acogen parcialmente y de modo complementario tres posiciones hoy típicas de la filosofía del conocimiento: el fundacionalismo (Poston 2016), el coherentismo (Murphy 2016) y el confiabilismo (Becker 2016). Acogen el fundacionalismo, en el sentido de que los conocimientos perceptivos son básicos y constituyen un fundamento de las inferencias; el coherentismo u holismo, porque el sentido y la veracidad de las percepciones es contextual con la experiencia completa del sujeto situado en el mundo y en un ambiente; el confiabilismo, pues el valor que damos a las percepciones se basa, en buena medida, en la confianza en la capacidad natural cognitiva de los órganos de nuestros sentidos y de nuestro sistema nervioso.


12. Anomalías perceptivas  

Como sucede con todas las prestaciones cognitivas, se ha distinguir entre la variedad, la excelencia, el defecto, la simple anomalía y la disfunción o trastorno patológico. Las personas pueden estar dotadas de una diversa capacidad sensitiva por motivos genéticos, culturales, de educación y de experiencia, así como un buen catador de vinos desarrolla una fina sensibilidad para percibir la cualidad de los vinos, o un sujeto puede estar especialmente dotado para la percepción musical o para darse cuenta de los estados de ánimo de los demás. Esta variedad supone muchas veces que algunos perciben mejor que otros –con más discernimiento y detalle– aspectos espacio-temporales o cualitativos de cierto género de cosas. La capacidad perceptiva puede mejorarse con la educación y la experiencia.

Los simples defectos perceptivos son normales y muy variados. Algunos pueden ser ocasionales y otros frecuentes o sistemáticos (por ej., daltonismo). Así, una persona puede tener mala memoria para recordar caras, otra puede tener mal oído musical, etc. Las causas pueden ser fisiológicas, ambientales, educativas. A veces son debidas al influjo de las emociones y los intereses, o también al modo en que se presentan las cosas (por ejemplo, un descuido en el modo de vestirse, o cierto modo de hablar, puede provocar una percepción negativa en los demás). La retórica y la propaganda, y con más fuerza las ideologías, pueden provocar defectos perceptivos que suelen tener consecuencias emocionales y en la conducta (por ejemplo, suscitar animadversiones raciales, nacionales, religiosas, etc.).

Un especial defecto o, mejor, una simple anomalía, son las ilusiones perceptivas (visuales, acústicas, olfatorias, etc.), en las que el objeto percibido se capta con algunas características cuantitativas, cualitativas, etc., distintas a como son en la realidad. Ordinariamente la ilusión se debe a que ciertas presentaciones sensoriales ocasionan una interpretación cerebral equivocada. Así sucede cuando se ve el palo sumergido en agua como quebrado, o la cara de una persona retratada parece que nos va siguiendo con la mirada, o se captan dimensiones mayores o menores de lo que son en realidad, o se ven movimientos inexistentes en las figuras, o una película bidimensional se ve como tridimensional, y cosas semejantes. Estas ilusiones son sistemáticas y por eso se distinguen de los errores ocasionales, como escuchar la voz de una persona y confundirla con otra.

La agnosia (Berti 2010), en cambio, es la incapacidad estable de percibir cierta estructura al recibir una presentación sensorial (no es un simple déficit sensorial como la miopía, la ceguera, la sordera, etc.). Puede ser relativa a los diversos tipos de sensibilidad. En cuanto auténtica discapacidad, es ya una patología, normalmente provocada por lesiones cerebrales. Son agnosias, por ejemplo, la imposibilidad de reconocer rostros (prosopoagnosia) (Ellis y Young 1996, 87-111) u otros objetos, o de reconocer objetos por el tacto o el oído, o de reconocer figuras sencillas y de poder reproducirlas dibujando, o la falta de atención perceptiva a la mitad del campo visual (negligencia hemiespacial). Más graves son las asomatognosias, o incapacidad de reconocer como propias partes del cuerpo, o quizá percibirlas de modo distorsionado. Menos grave es el síndrome del miembro fantasma, por el que se sigue teniendo la sensación de un miembro amputado.

Las alucinaciones (visuales, acústicas, etc.) son pseudo-percepciones de objetos inexistentes que acontecen en un sujeto consciente que las siente como reales (Brewer 1999, 101-117; Lewis 2002; Parish 2011). Pueden producirse asociadas a trastornos psiquiátricos (por ej., esquizofrenia), o por efecto de drogas, o de ciertos estados de la conciencia alterados por diversas causas neurofisiológicas. En algunas circunstancias y según su carácter pueden no ser patológicas. Las alucinaciones en cierto modo se parecen a los sueños, en el sentido de que el sujeto tiene una sensación de realidad y no puede ser crítico ante esto, igual que el único modo de salir del sueño es despertarse, cosa que el sujeto no puede controlar.

En el ámbito de la fe judeo-cristiana y la fe en un Dios personal que actúa en la vida humana, las presuntas visiones, apariciones o locuciones de Dios, los ángeles, los santos, a profetas o videntes pueden ser alucinaciones –lo son en la mayoría de los casos–, pero no se excluye por principio que puedan ser verídicas. Los criterios para discernir entre una real aparición y una alucinación, a la luz de la ciencia teológica de la fe, suelen ser rigurosos y además recurren a signos sobrenaturales objetivos externos al fenómeno perceptivo en cuestión (por ej., milagros públicos) (Marcozzi 1990).


13. Interpretaciones epistemológicas de la percepción  

La experiencia perceptiva ordinaria es realista. Al ver a una persona, estamos seguros de que estamos conociendo algo real y no una representación subjetiva. Sin embargo, el análisis de la percepción demuestra que las cosas se nos presentan de modo variable, desde distintos ángulos y perspectivas, a veces de modo impreciso, y que por tanto nuestro conocimiento perceptual nos indica cómo son las cosas sólo en algunos aspectos y de modo imperfecto, con la posibilidad de errores. Pero también podemos mejorar nuestra interpretación de lo que percibimos con análisis racionales, experiencias más finas, comprobaciones, recursos a instrumentos observacionales y a conocimientos científicos.

La dimensión subjetiva de la percepción, con sus problemas anejos, ha ocasionado la propuesta de diversas interpretaciones filosóficas del alcance epistémico del fenómeno perceptivo (O’Brien 2016; Bonjour 2016; Crane y French 2016; Searle 2015, 217-235). No es fácil clasificarlas. Presentamos tan sólo un esquema sumario y orientativo. Aunque mencionemos algunos autores para estas posturas, que a veces se solapan en parte, téngase en cuenta que cada filósofo tiene sus matices propios y que a veces modifica su opinión, sobre todo en estos temas sutiles, cuyo análisis requiere cierto tecnicismo.

a. Subjetivismo. Las dificultades que plantea la pretensión de verdad externa de la percepción llevan a algunos a replegarse sobre la dimensión subjetiva de los datos sensibles, como hicieron los antiguos sofistas y escépticos. La percepción suele ser así de-construida, atendiendo a su génesis a partir de sus componentes sensoriales elementales, sean psicológicos (así el empirismo clásico inglés) o neurales. Sólo conoceríamos nuestros estados psicológicos.

De un modo más radicalizado, se puede problematizar la verdad de los propios estados psíquicos, como “pienso”, “siento”, de modo que entre en crisis la consistencia de la misma noción de yo. Suele decirse que el subjetivismo tiende al solipsismo (“sólo sé que existo yo, mi autoconciencia”), pero en realidad, si la autoconciencia cae bajo la crítica, el mismo conocimiento se disuelve (relativismo, escepticismo, nihilismo).

Una forma actual de este radicalismo se da en ciertas versiones del materialismo neural, según las cuales la percepción no es más que un proceso neurobiológico de nivel alto, de modo que frases como “yo percibo”, “veo colores” no tendrían sentido y no serían más que un modo de hablar precientífico.

b. Construccionismo. Esta posición, negando la objetividad de la percepción, la reconduce a una construcción o elaboración que hace el sujeto individual o la sociedad y la cultura. Esta postura no se confunde con el construccionismo como teoría psicológica mencionado más arriba. Se solapa con la postura mencionada anteriormente, pero suele ser un intento de respuesta ante la crisis escéptica. No suele presentarse como una escuela especial en los debates sobre la filosofía de la percepción, pero es popular en algunos psicólogos y neurobiólogos. De forma sofisticada y “metafísica”, corresponde a una concepción idealista de la percepción (Foster 2000). Actualmente el construccionismo suele adoptar una versión psicologista o neurologista. La realidad externa sería tan sólo una construcción del psiquismo, o del cerebro, estimulada por presiones ambientales, necesidades adaptativas –evolutivas– y mecanismos homeostáticos.

c. Representacionismo. De modo menos radicalizado que las tesis anteriores, esta postura interpreta la percepción como la intuición de objetos mentales sensibles, privados de la referencia intencional (“no vemos las cosas, sino sus representaciones”), al menos inmediata. A esta tesis pertenece cierta versión de la llamada “teoría de los datos de los sentidos” (sense-data) (G. E. Moore, B. Russell, A. J. Ayer, H. Robinson) (ver Robinson 1994; Warnock 1974, 21-49). La posición, eficazmente criticada por Austin (1962), suele llamarse también fenomenismo (conocemos fenómenos, no la realidad) o representacionismo. La respuesta a la teoría de los datos de los sentidos que elimina los objetos y los reduce a modalidades de la percepción –ver rojo sería “ver rojamente”–, llamada adverbialismo (así R. Chisholm 1957), comporta muchas complicaciones en las percepciones de estructuras complejas.

Los representacionistas, si no se adhieren al final a alguna forma de idealismo extremo, pueden reconocer la existencia de una realidad exterior, incognoscible o tal vez cognoscible de modo indirecto (realismo mediato). Algunos admiten que, de todos modos, sabemos que las cosas externas causan nuestras percepciones, postura llamada teoría causal de la percepción: así H. Grice (1985), E. Lowe (1993) y D. Lewis (2002). Otros, en cambio, estiman que el carácter problemático de los fenómenos sensibles se superaría con el conocimiento científico o con la filosofía, interpretados de un modo realista (así, por ejemplo, ciertas formas de platonismo o de racionalismo) o bien objetivista (así en cierta versión de la fenomenología y en el mismo Husserl).

d. Realismo directo –llamado por algunos “ingenuo”, pero no en un sentido peyorativo– o de sentido común: así J. Gibson 1979 y J. Searle 2015 (a diferencia de los otros autores aquí citados, la posición de Gibson no es filosófica, sino simplemente descriptiva). Se sostiene aquí que la percepción nos lleva directamente a conocer las cosas del mundo. Las representaciones o las mediaciones subjetivas de la cognición sensible externa no son lo primariamente conocido. Sin embargo, se reconoce, en esta línea interpretativa, que con la percepción no asumimos las cosas exactamente tal cual son. Percibimos lo real en cuanto se nos presenta, pero tal presentación es objetiva, normalmente verdadera y nos sitúa en la realidad. Las alucinaciones, ilusiones y errores perceptivos son marginales y no justifican la adopción de las posturas anteriores.

e. Realismo inmediato intencional. Esta posición se basa en la intencionalidad realista como dimensión inherente a la percepción (así E. Anscombe 2002, D. Armstrong 1993 y B. Maund 2003). No siempre es explicada del mismo modo por los autores. En algunos casos se parece a la postura indicada en d, y en otros en la c, o puede oscilar entre ambas. Versiones sofisticadas del realismo inmediato pueden encontrarse en W. Sellars (1963 y 1968), quien criticó eficazmente el llamado “mito de lo dado”, vinculado al empirismo, y en J. McDowell (1994, 2009 y 2011).

f. El disyuntivismo (J. Hinton, P. Snowdon, M. Martin) (ver Fish 2016; Snowdon 2002; Searle 2015, 163-200) sostiene la irreductibilidad entre alucinaciones y percepciones, aunque fueran en teoría indistinguibles.

g. Personalmente seguimos una versión del intencionalismo (así Sanguineti 2005, Polo 2007, Paternoster 2007), según la cual los objetos percibidos responden al modo de presentarse de las cosas a un sujeto dotado de cierta constitución psicosomática específica. Sin embargo, esos objetos son intencionales, es decir, remiten directamente a la realidad externa (en el caso de las percepciones de las cosas materiales). Esta tesis es compatible con la falibilidad de nuestros conocimientos perceptivos. La intencionalidad hace que el realismo sea inmediato y que, como tal, no esté sujeto a demostración. No se trata, pues, de la intencionalidad tal como la entendía Brentano, en el sentido de que la percepción tiene un contenido sea o no existente. No cabe buscar criterios absolutos que demuestren que los sueños y alucinaciones son irreales, pero desde fuera reconocemos como tales a estos fenómenos, y por eso podemos hablar con sentido de las alucinaciones.

De todos modos, la percepción es imperfecta y no se acomoda a todos los detalles de las cosas. Esto lo aprendemos con comparaciones y análisis de las diversas modalidades perceptivas, incluso en otras especies animales, y por supuesto con ayuda de las ciencias y los instrumentos de observación.

Esta imperfección es compatible con la verdad de los juicios perceptivos. El enunciado verdadero “la nieve es blanca” es compatible con el hecho de que, con ayuda de la ciencia, descubramos que esa blancura es el modo en que se presenta la nieve a nuestros sentidos en determinadas circunstancias. Conocemos por la ciencia, para poner otro ejemplo, el retardo del estímulo en llegar al centro cerebral de elaboración perceptiva. Pero esto no justifica el realismo mediato, sino que sólo significa que la percepción no informa de las cosas con una simultaneidad absoluta, cosa irrelevante para la experiencia ordinaria de los objetos familiares y cercanos (terrestres).

Podemos llamar a esta posición, por tanto, un realismo intencional inmediato, que no ignora los problemas epistemológicos planteados por la percepción a causa de las mediaciones representacionales y neurales, sin por eso problematizar la inmediatez del acceso perceptivo a las realidades extra-mentales.


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15. Cómo Citar  

Sanguineti, Juan José. 2017. "Percepción". En Diccionario Interdisciplinar Austral, editado por Claudia E. Vanney, Ignacio Silva y Juan F. Franck. URL=http://dia.austral.edu.ar/Percepción


16. Derechos de autor  

DERECHOS RESERVADOS Diccionario Interdisciplinar Austral © Instituto de Filosofía - Universidad Austral - Claudia E. Vanney - 2017.

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